¿De verdad necesitamos mejores maestros en las universidades?



Voy a realizar un viaje al pasado: yo hace bastantes ayeres en la etapa central de mi formación universitaria. Me sentía el rey de la comunicación y desafiaba, sin problema alguno, a aquel que se atreviera a negarlo. Las generaciones ya no son como yo, y no sé si agregarle el adjetivo 'desgraciadamente' o 'afortunadamente'.

Abro paréntesis cultural: La Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (FHyCS) del Campus Tijuana de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) celebra la llegada de tres alumnas (de una misma generación y grupo) hasta el Senado de la República el 29 de septiembre, para ser reconocidas por su selección en la convocatoria del Concurso de Ensayo Universitario Rosario Castellanos. Tres. Como todo lo que, tal parece en las últimos años, merece importancia debe representarse de manera cuantitativa. El trío se envolvió en una reflexión a conciencia de los retos que la figura femenina debe enfrentar en el presente siglo. Si se les pregunta a las jóvenes, el texto les costó lágrimas (literal: lloraron en las sesiones de tallereo), energía, desgaste emocional y horas extras a su carga académica. También, reconocen, que mereció largas jornadas de enfrentarse a sí mismas para hablar de temas tan particulares como la identidad sexual, la figura materna, amores ausentes, los sentimientos castrantes, violaciones, las guerras entre tacones, el ser gorda, flaca o más. Y aquellos que tienen por costumbre (cabe mencionar que son pocos) eso de ser sinceros consigo mismo, y desnudarse frente al espejo sin limitación alguna más que los ojos propios, saben que es básicamente un reto mayúsculo. Tres. Tres vuelos que orgullosamente la Facultad presume haber comprado (en contra de todos los trámites burocráticos) de manera inmediata (ven, muchachos, cuando se quiere se puede) con el único objetivo de que Karla Pacheco, Karla Rodríguez y Giovana Trejo reciban en el recinto capitalino el reconocimiento que las acredita y el tiraje correspondiente a la antología Rosario Castellanos, junto a otros sietes jóvenes del resto de la república. Cierro paréntesis cultural.

Karla Pacheco, Karla Rodríguez y Giovana Trejo


No fue un maestro el que obtuvo el logro; tampoco un trámite de escritorio el que las colocó en donde están; y menos la intervención divina…

Entonces, ¿qué hizo la diferencia? Sencillo: una motivación.

Permítanme volver al punto del viaje por el pasado y comparar en primera persona: Me formé en una Facultad con muy pocos alumnos. Diversos, sin duda alguna, pero pocos. Aquí se fomentaba el cumplimiento de los deberes, la libertad de pensamiento, la construcción de conceptos y el entendimiento del entorno. Pero había algo que, de manera poética y por el simple placer de decirlo, definiré como fuego en la mirada.

Se trata, básicamente, de una sed enorme por conocer lo que hay más allá. Nuestras rebeliones eran breves y enfrascadas en los debates propios de la generación. No nos peleábamos con el sistema y no porque no consideráramos importante hacerlo o, muchos menos porque creyésemos que fuese el óptimo, simplemente entendíamos que si queríamos algo debíamos armarlo poco a poco, así como con piececitas de Lego (marca registrada, por aquello del copyright). 
Foto: Cortesía



No es por presumir, pero, el 90 por ciento de mi generación está empleada en puestos relacionados directamente con la licenciatura.
Llevo cerca de un lustro en eso de educar, maleducar, formar, deformar, aformar (súmele todos los verbos que guste, existan o no) y siempre he querido toparme con el alumno (que como tanta gente que admiro) se sintiera el rey de la comunicación, pero, con el deseo de demostrarlo mediante trabajo profundo, esfuerzo constante y unas ganas asombrosas (que superen a las mías) de que cada mañana, al despertar, hasta el mismo diablo diga: ¡Ha valido madre, este güey ya se levantó!

Pero no. Las universidades, y en general la educación pública, enfrenta uno de los grandes retos en su historia. No estoy hablando(escribiendo) del triste bagaje cultural, los inferiores resultados en las capacidades lectoras y de redacción, tampoco del mal gobierno, sus desmadres y la nula capacidad para llevar a flote un país tan maravilloso como éste (porque, voy a recalcar que  México no es feo, los feos son sus habitantes que no saben qué hacer con su vida)… quiero reflexionar sobre el nivel de conformismo de los estudiantes.

¿De verdad necesitamos mejores maestros para seres humanos que están dispuestos, simple y sencillamente, a egresar de las carreras para sumarse a un puesto en cualquier empresa sin el deseo de crear algo, de cuestionar con bases, es más, ya aunque sea de sobresalir?





Foto: Cortesía, Twitter

¿De verdad tengo que darle una camioneta del año Mercedes Benz GLK a alguien que prefiere vivir el resto de sus días en transporte público (y no me lo tomen a mal, no es peyorativo, tengo grandes y divertidas historias que contar a bordo de las unidades de transporte públicas en ambos lados de la frontera)?


Pero, ¿por qué? Si no se lo ha ganado. 

Si usted va a responder que porque es una obligación de las instituciones de educación superior porque para eso el resto del mundo paga impuestos, le recomiendo que no siga leyendo. Cierre el explorador y continúe con su navegación por los múltiples juegos de Facebook o agarre el control de la televisión y evítese más de un disgusto.

Pero, si por el contrario, me va a dar una oportunidad de explicarme, continuo con la sesión de “Lágrimas y risas” de Yolanda Vargas Dulché.
Esto de la formación universitaria no tiene nada que ver con las universidades. Si bien es cierto que a la escuela se va a obtener el conocimiento esencial para la vida profesional, el resto de las cuestiones se obtienen en otras esferas, en la casa misma y en una necesidad (que aparece junto a la madurez) de saber que no siempre voy a tener 20 y que algún día deseo hacer algo más que pelearme con el maestro porque no estoy de acuerdo con su forma de dar clase.

Los jóvenes hoy en día se excusan en que trabajan y estudian (la mayoría de nosotros lo hicimos y sobrevivimos; es más, la mayoría de nosotros lo seguimos haciendo); esta generación parece traer un chip de: cuando egrese tendré trabajo y no sólo eso, me darán el puesto de jefe por mi gran experiencia en hacer… bueno, en sacarme cien (o noventa o bueno en algunos casos algo que supere al 60) en cada materia…. y si no me lo dan, pobrecitos de ellos, vean todo el talento que están dejando ir.
Se les olvida que la formación se encuentra en las herramientas de socialización que ganas en clase; en las horas invertidas leyendo a los clásicos; en la manera de construir un mejor trabajo; en el deseo de demostrar que soy mejor que ayer (y no que el otro… pues eso de andar jugando a ver quién la tiene más grande está de hueva, con el perdón del francés); que el esfuerzo es diario y no una hora antes que se acabe el tiempo de entrega; y que si el maestro es malo, pues te jodes (siempre y cuando no exceda los límites lógicos), tomas lo mejor de él, investigas por tu cuenta y te vuelves autodidacta.
Foto: Cortesía
Llegados a este punto deseo señalar que en cada institución donde he tenido el gran privilegio de colaborar, siempre he puntuado entre los docentes con mejores calificaciones; pero a mí lo cuantitativo no me es tan satisfactorio como los elementos cualitativos que comparten los alumnos.

Ellos hablan de dureza, de rigidez, de experiencia, de la lucha, de dinámicas novedosas, de realidades, de mi poca gentileza y de que soy un perro… pero dicen que ojalá hubiese más perros como yo. (Nota al lector: hago este comentario no para engrandecer mi ego, sino porque no quiero que se piense que este texto fue escrito por alguien ardido con los alumnos que sólo quiere descargar sus frustraciones para justificar sus malas evaluaciones).

Entonces, ¿para qué quieren mejores maestros si no va a existir el material suficiente para trabajar? A lo mejor primero necesito mejores padres de familia, que entiendan que la educación va por su cuenta; o mejores amigos, con los que se pueda compartir las borracheras pero también los buenos proyectos; o mejores ciudadanos que entiendan que es importante saber cómo negociar en otros idiomas y que la basura se tira en el bote, que no se fuma en los lugares prohibidos y que puede que no estemos de acuerdo pero eso no implica que ninguna de las dos partes esté mal (o del todo mal).

Pero esto es como la pescadilla que se muerde la cola; o la pregunta de si fue primero el huevo o la gallina: los filósofos dirán que lo primero fue la concepción de la idea; mientras que los más aterrizados hablarán que primero fue el huevo y éste evolucionó hasta convertirse en lo que hoy conocemos como gallina.

 No puede haber mejores ciudadanos sin mejor educación…. 
Foto: Cortesía

 

O esa es la tablita que usan para flotar por el océano del “a ver qué sale para pasar el día”.
Ya que les gusta tanto a los directivos de las instituciones hablar de números, voy a ponerme pro: de acuerdo al reporte del Centro Nacional de Evaluaciones (Ceneval), en 2013, apenas el 45.1 por ciento de los sustentantes del Examen General de Egreso de Licenciatura (EGEL) en Ciencias de la Comunicación alcanzaron el Estatus de Satisfactorio.¿Es en serio? Ni la mitad de los estudiantes universitarios registrados a lo largo de la República alcanzaron a topar en la media. Y no crea usted que fue porque todos los demás salieron sobresaliente, pues oiga, es cierto que el papa anda por América pero no es como para que el milagro sea tan grande. Los reprobados suman el 32 por ciento; y apenas 911 alumnos (de todo nuestro México lindo y querido) alcanzan a sobresalir.

¿Y las aspiraciones, apá?¿Y las ganas de triunfar, amá?¿y el pensamiento de: ‘llevo 4 años metido en esta universidad y algo bueno debí haber hecho’? ¿Qué hacemos? ¿Le echamos la culpa al sistema y nos quitamos de problemas?

Desde antes de sentarme a escribir el artículo tengo claro que la respuesta para el cuestionamiento del título es un rotundo SÍ. Claro que necesitamos mejores maestros (sólo que me gusta picar crestas y quería dar lata un momento). Efectivamente, los centros de estudios requieren reevaluar sus sistemas de contratación y seleccionar a los mejores. Quiere trabajo, pues trabaje. Cumpla con la innovación didáctica, prepare clases, dé la oportunidad de renovarse junto a los alumnos.

Pero, desgraciadamente, nada de eso sirve si uno como docente no tiene la fortuna de encontrarse con alumnas como Giovana Trejo, Karla Pacheco o Karla Rodríguez. Si yo veo que un alumno se la juega conmigo, yo me la juego con él. Si veo a un alumno con potencial, me la juego con él aunque él, no se la juegue conmigo.
Foto: Cortesía


Necesitamos que los alumnos nos pongan a trabajar mucho más. Que nos reten, pero que nos reten con un trabajo bien hecho y no con los desplantes de ‘no me gusta tu clase y me da una hueva la vida’. También es justo que nos dejen callados por la iniciativa propia y por el orgullo de decir que lo lograron.

Vale la pena entender que el caso de las tres jóvenes (que apenas y rondan las dos décadas de vida y ya tienen un libro publicado por el Senado de la República) no fue cuestión de azar… fue cuestión de motivación, de que ellas creyeran y que quien las guió creyera en su potencial. Sí, de eso se trata educar: inspirar a ser mejores personas a través de la educación. México no necesita eruditos o tres genios sobrevalorados. México requiere de líderes… de personas que sepan poner orden en sus pensamientos, guiar su casa, ubicarse con su familia y aprovechar al máximo sus propias capacidades (muchas o pocas… así la cosa, no todos tenemos la fortuna de ser listos… existimos gente promedio).

Se requieren que las Karlas, las Giovanas dirijan una nación. El requisito es aprender que todo es trabajo en equipo…

Alumnos y maestros somos un engranaje, uno gira si el otro lo hace.

2 comments:

  1. Muy cierto. Sobre todo hacen falta maestros verdaderamente comprometidos con la formación de sus alumnos y no sólo dar clases como una chamba más o bien porque les dé estatus. Pero también es cierto que hacen falta mejores padres de familia. Sigo afirmando que la educación es la llave para que México avance. Si formamos mejores estudiantes, probablemente tendremos mejores padres de familia y así, estaremos siendo parte de la solución y no del problema. Felicidades a estas tres chicas que superaron todos los obtáculos, pero sobre todo, no dejaron de creer que si se quiere, se puede.

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  2. Buena reflexión sobre maestros y padres de familia

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